La "aristocracia" obrera: génesis y bases históricas materiales de su hegemonía ideológica sobre el proletariado

  x  Tamer Sarkis Fernández

  1. BREVE APUNTE GENEALÓGICO
       La Aristocracia obrera es una “nueva” clase, es decir, una realidad cualitativa. Deriva históricamente de tres fuentes de clase:
       A. El proletariado, al pasar un sector del mismo a ser encuadrado en el campo del Capital a través del que era órgano de su defensa en tanto que clase del capitalismo: el sindicato (“La burguesía no ve en el proletario más que al obrero”, Marx en: Manuscritos de París). Fue el Imperialismo la condición material de posibilidad para esta integración “selectiva” en “la Politeia” y en su “juego” de luchas, alianzas y negociaciones bajo palio del Estado, pues las plusvalías siguen tendencialmente un curso desde abajo hasta arriba -concentrándose en los polos superiores-, dentro de su viaje a través de la cadena imperialista. Lenin explica este “transitar” apoyándose en las Leyes económicas bajo el Imperialismo que él descubre y que desarrolla: Ley de los intercambios desiguales, Ley del desarrollo desigual, Ley de los rendimientos decrecientes de la tierra cultivada, etc.

B. La vieja burocracia del Antiguo Régimen, que se amplía cuantitativamente y asume nuevas funciones al calor de la racionalización del Estado que la burguesía emprende. Por ejemplo, la España isabelina supone el aumento trepidante en el número de “trabajadores del Estado”, pasándose abruptamente de un puñado de miles a 165.000 en vísperas de “la Gloriosa Revolución”, y siendo adoptado un modelo administrativo de notable inspiración francesa (perceptible hasta en lo simbólico: los tricornios de la Guardia Civil). Francia ya había empezado su racionalización administrativa de Estado en tiempos de Luis Felipe de Orleans (llamado “El Rey burgués” y “Philippe Egalité”), aunque implementará el grueso de este cambio durante el “segundo Imperio”.
       Con esto no quiero yo decir, ni muchísimo menos, que ese nuevo ejército de administradores en su generalidad y ni siquiera en una mayoría de efectivos pasara a engrosar la “Aristocracia” obrera. Afirmo, en cambio, que, a un rastro poblado por seres de la vieja Corte, alcaides de calabozo, jueces, economistas, instructores, educadores, administradores, contables, directores y gestores en las Factorías Reales... “rescatados” por la burguesía industrial (Francia, Inglaterra, Italia) o por la burguesía agraria-comercial-especuladora-financiera (España) victoriosas, y que pasamos a re-encontrar ligados a funciones inéditas o en re-ordenación bajo la racionalidad inaugurada por los nuevos Estados burgueses, debemos sumarle el contingente de cuadros, administrativos, urbanistas, ingenieros de caminos, canales y puentes, profesores y otros trabajadores especializados que se les articula a esos primeros en la medida que son necesarios a funciones “racionales” extrañas al viejo Estado absolutista, o que habían estado presentes pero concretadas y ejecutadas ellas mismas de modos más bien arbitrarios e “irracionales”.      
       C. Las viejas profesiones liberales autónomas pre-capitalistas, que a la par del proceso de competencia y por tanto de concentración de capitales, pasan a ser asalariadas de terceros “colegas” airosos, o el Estado pasa a formarlas (nacimiento de la “Educación Nacional”) y a usarlas desde el Estado (jurisconsultos, consultores, abogados, contables, asesores tributarios, arquitectos, sanidad estatal, ingenierías, tratamientos “mentales”, toda una vieja regencia de hospicios, hospitales, casas de caridad, alguacilado de pobres... incorporada al Estado como “planificación social” y “trabajo social”...) porque necesita manejar también él a dichas profesiones al ser indispensables a la misma reproducción social del capitalismo (el Estado no puede dejar su formación ni su ejercicio profesional al laissez-faire del mercado).
       Así nace la Aristocracia obrera y su ideología será aquella socialdemocracia que en el fondo la pre-existía (“socialismo pequeñoburgués” ya descrito en El Manifiesto, sobre todo de tenderos, de mercaderes, de propietarios talleristas y manufactureros devorados por el poderío industrial) pero que fluiría casi inercialmente hasta converger con dicha clase bajo aquel contexto galo de imperio boyante capaz de “proveer”, y cuyo primigenio carácter de clase híbrido pequeño-burgués/funcionarial ya explica Marx en sus estudios en torno a las luchas de clases en Francia.
       Los actuales negacionistas bien de la realidad conceptual de la “Aristocracia” obrera, bien de su importancia a la hora de explicar por qué el seguidismo y paralización en las filas del proletariado, siembran en nuestra clase una nefasta división consigo misma. Porque, juntando a ambas en una categoría “analítica”, bajo hegemonía política e ideológica de la segunda sin duda, en lo que llaman “la clase trabajadora” o alternativamente pero con idéntico contenido conceptual en su boca “la clase obrera”, lo que practican estos señores es un razonamiento interclasista que disfraza y que intenta disolver el antagonismo entre el proletariado y los “trabajadores” en general. Maremagnum, ése de “los trabajadores” en abstracto, donde el proletariado queda perdido y a la deriva; disuelto por los negacionistas y por los líderes sindicales con vistas a retrasar su adopción de autonomía de clase. Separan así al proletariado de su auto-conciencia, de su auto-identificación.

       “¡La Aristocracia obrera, una teoría sociológica...!”, se defienden los negacionistas de su importancia. Pues nada: hubo alguien que una vez escribió “Lenin filósofo”. A la vista de la trivialización que cometen, estos negacionistas o frivolizadores podrían escribir otra obra: “Lenin sociólogo”. No sé si estos señores se darán o no cuenta de la magnitud de la tragedia que representan, pero negando la existencia de la Aristocracia obrera están inextricablemente negando la existencia del imperialismo, porque una y otra esfera no se pueden separar, y se relacionan en una dialéctica de mutua reproducción. Deberían volver al ABC y mirar el mundo, aunque sea por una vez, con ojos internacionalistas y dejando a un lado el chovinismo auto-defensivo que profesan. Porque negar la existencia de la Aristocracia obrera es, al nivel de la época del imperialismo que padece de pleno, sin relatividad posicional ni contrapartida estructural de ningún tipo, el 90% de nuestra especie, exactamente la misma “postura” de toda la fauna “alternativa” que niega la existencia del proletariado..., sin reflexionar respecto de que implícitamente con ello están afirmando que el Capital, la otra dimensión en la dialéctica, no existe.
       Ya se sabe que, entre las condiciones permisivas para la pervivencia de la Aristocracia obrera, una de ellas consiste en negar hasta la saciedad su existencia, igual que la burguesía burocrática de la URSS tenía que auto-desvanecerse constantemente tras la cortina de humo que tendía con la inexistencia de propiedad privada jurídica. Porque claro, hoy en el mundo, la no posesión de titularidad jurídica sobre Medios de Producción ni sobre Factores Productivos como petróleo, gas, opio, hierro, zinc, cobre..., ¿significaría que las plusvalías mundiales no “viajan” tendencialmente concentrándose en las cúspides de la cadena imperialista?. Vemos, en cambio, que allí -en estos contextos nacionales o Estatales dominantes-, las plusvalías se “distribuyen socialmente” vía salarial nominal hacia una capa de trabajadores (minoritaria casi siempre pero mayoritaria en imperialismos de Primer Orden como Alemania, Suecia, Islandia, USA...) que proviene del proletariado histórico pero que pertenece ya al campo del Capital y lo co-gestiona a través de su parcela de poder político (sindicatos y algunas líneas dentro de la socialdemocracia), siendo tan clase dominante como lo es la burguesía monopolista, sectores de la burguesía media con poder de presión nacionalista, etc., y compartiendo entre ellos su democracia común, con todas sus contradicciones en disputa, faltaba más.

       Los proletarios, aunque la mayoría no sepa aún representársela con un claro referente conceptual y en toda su magnitud de espectro social, ni sepa aún pensarla científicamente en sus dimensiones concretas de relación antagonista frente al proletariado, sabemos perfectamente que la “Aristocracia” obrera existe. Sabemos perfectamente de dónde proceden sus condiciones materiales de existencia particulares. Y sabemos cómo nos jode la “vida” y nos hunde en la miseria esa existencia suya, a través de su participación en el Bloque de clase dominante que posee el poder político (con sus instituciones, sus estatutos especiales, sus sindicatos).
Y sabemos cada vez más proletarios, qué significan para nuestra clase sus sindicatos y sus grupos socialdemócratas que siembran la mistificación en las filas proletarias a fin de confundirnos, paralizarnos o engancharnos tras las disputas entre la Aristocracia obrera y sus socios/competidores dentro del Bloque político-institucional dominante, todo en nombre de “la unidad de los trabajadores y las trabajadores”. Todo ello en nombre de la Kautskysta “clase trabajadora”, invento conceptual de la socialdemocracia -ejercicio divisionista con el que se separa al proletariado respecto de ganar su auto-conciencia a la vez que éste es absorbido como carne de cañón “opinante” y “manifestante” en esa fuerza inter-clasista de “los trabajadores” para mayor beneficio de una clase de trabajadores: la Aristocracia obrera. En el socialismo, el proletariado ejerciendo su dictadura sabremos poner a esa clase del Imperialismo en su sitio.

       Afirmar que la Aristocracia obrera no existe -o que se trata de una “especie social” residual o de importancia secundaria- es afirmar que la reproducción de las relaciones imperialistas de dominación no gira a través de una base material sustentadora, compleja y laboral, a la que dialécticamente el imperialismo sustenta... ¿Se sustentaría, entonces, en el Cielo y en las ideas?. Por eso será entonces que Marx, al emprender un rápido e inconcluso ejercicio genealógico de la socialdemocracia dentro de su obra sobre las luchas de clases en Francia (ejercicio cuya profundización y desarrollo sería interesante que nos planteáramos los comunistas), identifica la germinación de esa ideología sobre un suelo material concreto, en lugar de tratarla como producto de un maquiavelismo de los patrones capitalistas malos ávidos de manipular al proletariado comprando a “sus líderes” y con unos artefactos ideológicos y organizativos de diseño cocidos en la cueva de su conspiración (pseudo-explicación maquiavélica y politicista muy propia de anarquistas).
       ¿De qué suelo subyacente es reflejo la socialdemocracia?. Es decir: ¿de qué relaciones de clase, y entre qué clases, dentro de un contexto preciso de desarrollo estatal y de fuerzas económicas al calor y al fuelle del desarrollo de la producción, procede esa ideología?. ¿Será casualidad -”contingencia” al decir de los postmodernos- que ella nazca en Francia durante su llamado “Segundo Imperio”?. Francia: cuando el colonialismo navega viento en popa en ultramar; cuando está pudiendo ser edificada una administración estatal que se amplía en cientos de miles de efectivos y que será modelo para el Estado Español isabelino y a fortiori durante su “Restauración”; cuando está en pleno funcionamiento, bajo alimento de los grandes financieros y gracias al expolio de ultramar, la producción expansiva de monopolios fabriles estatales que procedían de aquellas “Factorías Reales” fundadas desde el siglo XVII; cuando al interior de territorio estatal la clase dominante de una nación oprime a otras naciones, y son acrecentadas las ganancias gracias a la super-explotación de normandos, bretones, gascones... quienes sufren así mismo la expropiación territorial para fines acumulativos mediante la ampliación de la industria lanera; cuando se atenaza en minas y fábricas al proletariado nacionalmente oprimido -la otra cara sobre la que esa explotación exacerbada puede cabalgar- del Sarre, el Ruhr y esos territorios se mantienen bajo ocupación militar garante de organizarles “la vida” encauzada a dar rentabilidad a los monopolios galos y a “prestar” Capital Circulante a bajo costo para procesos de producción y de despliege de infraestructuras en Francia; etc.
       Entonces, en ese marco histórico y político-territorial, la burguesía productiva francesa dependiente de la Banca y de los financieros-negociantes colonialistas, la pequeña burguesía, los viejos potentados gremiales cercados por las leyes burguesas, y la Aristocracia obrera trabajadora en el Estado, que ha ido desarrollándose junto a los procesos citados, y también al sol y a la lluvia del centralismo administrativo francés, se miran a los ojos con expectativas de grandeza -de hacerse valer en la compleja maraña de lucha de clases analizada por Marx en esa obra suya-, y de sus fogosas relaciones triádicas nace la socialdemocracia.
       Con vistas a prosperar en la escalada competitiva hacia las cumbres del poder político-institucional, esas clases no se bastan a sí mismas, así que van a presentarse engalanadas ante su base social potencial: el proletariado, el semi-proletariado y el artesanado dependiente de la pequeña burguesía dominante en lo que queda aún de la organización gremial. A las demandas clásicas de radicalismo demócrata, reflejo del ansia pequeñoburguesa por ver rotos los obstáculos que la alejan de posicionarse en cuotas y parcelas de poder político, se les dio un tinte “rojo” de demandas de derechos no sólo democrático-cívicos, sino derechos “sociales”.
A las incrustaciones utópicas pre-marxistas que dominaban el ideario de las sectas, sociedades secretas, ligas, círculos impregnados de misticismo, organizaciones y grupos socialistas, se les quebró la punta idealista “revolucionaria” rupturista con el orden político vigente, y se reemplazó por ideales democráticos de lograr encaje en el Estado capitalista y predominio en sus organismos jurídicos y decisorios. “Así nació la socialdemocracia”, afirma Marx. Sí: esa criatura monstruosa de la que dicen ciertos sectores de la “izquierda comunista” que fue proletaria y revolucionaria hasta nada menos que “su traición” (¿?) en 1914. Ya hemos visto: la Aristocracia obrera no existe... La socialdemocracia tampoco entonces, porque sin trasfondo productivo material no hay producto ideal.

       2. BASES MATERIALES DE LA HEGEMONÍA IDEOLÓGICA ARISTOBRERA. LA CUESTIÓN DE LAS MASAS PROLETARIAS “ADYACENTES” Y SU SEGUIDISMO
      He hablado de la génesis de esta (relativamente) nueva clase, haciendo un repaso somero a sus bases materiales: a) Nueva escala geo-demográfica en la división del trabajo social motivada por la determinación a depositar en el exterior capitales excesivos y Fuerzas Productivas ya no movilizables bajo los límites de la producción nacional o continental europea; b) “Exportación” de Fuerza de Trabajo sobrante y no integrable dentro de esos límites nacionales, y su colocación bien en la administración colonial, bien en ejército, vigilancia y represión, caso del lumpenproletariado y de ciertas capas proletarias más pauperizadas, convictos, condenados por una penalidad que en su reforma asume el destierro a colonias, etc.; c) Saqueo imperialista y Leyes objetivas fecundadas por el Modo de Producción en ese estadio de su desarrollo.
       He repasado, así mismo, el espectro de clases pre-existentes en las que halló anclaje y nutriente (proletariado, vieja burocracia, pequeña burguesía “profesional liberal”).
       He hablado también de la ideología socialdemócrata (y sindicalista a partir de cierto momento) en tanto que proyección racional, política y representativa de la “Aristocracia” obrera, siendo esta última clase su base socio-económica.
       Y, sin embargo, ¿en qué fundamentar el extraordinario anclaje sociológico que ha alcanzado esta clase en su desarrollo bajo la evolución del capitalismo?. ¿Cómo explicar su relativa -pero nada desdeñable- “masificación”?. ¿Y su hegemonía ideológica entre el conjunto del proletariado sobre sus referentes, modelos de objetivos, ideales normativos, metodología de luchas, atribución de “responsabilidades” y planteamiento de “alternativas”, formas organizativas, protestas...?.
       Se rebatirá esta tesis, aludiendo al desgaste sindical y el desentendimiento proletario, poco menos que deserción. Pero, tras el desenganche, ¿acaso no irrumpen con fuerza “nuevas alternativas” de relevo y de movilización, capitaneadas también por una “Aristocracia” obrera ella misma rebotada con aquellos sindicatos que, en su confortable instalación estatal, se han “descuidado” respecto de defenderla y han permanecido pasivos ante la erosión de su viejo beneficio, que había sido reportado por el negocio de acordar vía Convenios Colectivos (Neo-corporativismo) las condiciones de la explotación proletaria?.
       Ello es así hasta el punto de que los sindicatos han cedido en “la representación de la clase trabajadora” poco menos que finiquitando los Convenios Colectivos (por ejemplo: pacto reductor de los Convenios Intersectoriales y Provinciales en favor de la “negociación directa” en cada empresa). Con ello han dado campo ancho a la retención de plusvalías por parte de la burguesía monopolista y al desfalco europeo del resto vía servidumbre de Estado, a cambio de adjudicarse contra-prestaciones particulares dadas a la estructura sindical y a las empresas con Capital sindical.
Eso si nos referimos al Estado Español, donde el desprestigio sindical está reflejando un contexto de debilidad relativa estatal en la Cadena imperialista; contexto que obliga a estrechar el abanico del campo político dominante, procediendo a la defenestración de socios o al menos a su “marcaje exhaustivo”, siendo esta expropiación de capacidad política y en el manejo de las plusvalías y su reparto, un proceso que la Aristocracia obrera nota en sus carnes (revuelo sindical ante la reforma de la Constitución franquista de 1978, denuncia del “fin de la democracia y de la soberanía nacional” supuestamente propiciado por tales cambios introducidos en “la Carta Magna”, etc.).
Y aun así hay que relativizar el alcance de este decaimiento de referente sindical, siendo que, sin ir más lejos, en Alemania los sindicatos gozan de excelente salud entre “la opinión pública” de la Aristocracia obrera e incluso entre amplias franjas proletarias, habiendo preservado una potencia que es reflejo de la potencia alemana en el ejercicio de su hegemonía política y económica con vistas a la concentración/ distribución nacional de plusvalías. De donde se obtiene y hay, se puede sacar, de modo que los sindicatos “juegan” con lastre en su negociación/lucha neo-corporativa frente a Patronal y Bundesrat.

       Pero entonces, la respuesta cuyo desarrollo estamos ensayando nos remite a la pregunta. Porque, sin ir más lejos bajo el Estado Español, donde la cuantía de la Aristocracia obrera no deja de ser minoritaria entre el universo total de asalariados, ¿cómo se explica su preponderancia política e ideológica entre los asalariados proletarios, manifestada en concepto de mitología sobre “lo público” entendido como “de todos”; de mitología sobre la posibilidad de “democracia para todos, para toda la sociedad”; de la idoneidad de “una banca nacional, banca de todos”; de la posibilidad de “otro Estado” que “obrara para los de abajo” desde las mismas instituciones existentes hoy, pero gracias a una (vista muy improbable, eso sí) “regeneración política” que pusiera a “políticos honrados” en los puestos de Gobierno; mitología en torno a una supuesta “izquierda de verdad” potencialmente operativa desde el Parlamento o desde instituciones cualesquiera pertenecientes al viejo poder, y que estaría siendo imposturada por una pseudo-izquierda; ideal normativo del Estado del Bienestar; reclamas de “justicia” en la repartición social de esfuerzos para salir de “la crisis” y en pro de recobrar la salud “de la economía”; etc.?.       
       Los izquierdistas responderán que el proletariado está poco menos que hechizado bajo el brumoso y abrumador peso de “la ideología dominante”. Claro, pero, en todo caso, ¿cómo llega a producirse esta hegemonía de ideas?; ¿acaso a través del Imperio de las Ideas mismo?. ¿No sería ésta una explicación idealista?. ¿Cuál habría de ser la base material de tal Potencia?. ¿No es acogerse a una concepción baja, “más bien fea” e injusta, superficial, respecto de nuestra clase, el presumirle ser una pandilla de borregos caminando hacia las falsas luces prendidas, como el perro del granjero erre que erre trotando hacia el sol, al que no llega jamás?.
       ¿Es que los proletarios somos tan irracionales?. ¿No habría que pensar más bien en el seguidismo ideológico como un planteamiento fundamentalmente racional, apoyado en una relativa “identidad” de intereses inmediatos (aunque, hay que recalcarlo, no históricos u objetivos de clase para sí) provocadora de “cohesión social”?.
       ¿No residirá el secreto de esta misteriosa influencia, en su base material favorecedora y receptiva, compuesta por franjas intermedias proletarias, relativamente numerosas, que, sin ser Aristocracia obrera, sí reciben por el Capital retribuciones salariales directas o diferidas que juntas suman por encima de su participación en el proceso colectivo generatriz de Valor? (“trabajo social” en la precisa acepción marxiana). ¿O, no llegando a tanto en la mayoría de casos, al menos sí suman por encima del Valor de esa Fuerza de Trabajo proletaria (de su reproducción), aunque el Valor que ese trabajo objetivado aporta directa o indirectamente continúe excediendo a esas retribuciones?.
       Y, en este sentido, la acusada y acelerada pendiente de desgaste a través de la que hoy desciende este substrato para la relativa “cohesión de identidad y referentes”, en Estados como el español y otros, ¿está traduciéndose en afloramientos de disidencia proletaria? (desidere: “sentarse o posicionarse en otro espacio”).
       ¿O brillan estos ideales de “Estado de todos”, “democracia para todos”, “cobertura y prestaciones”, “trabajo digno”, “comercio a precios justos”..., con especial candor y refulgir, justo ahora en que titilan especialmente escasos, lejanos, pálidos, selectivos, e irreales en resumidas cuentas, y por ello quizás si cabe más valorados, preciados, reivindicados, presidentes del horizonte divisable entre quienes ven retirárseles siquiera ese techo y ese muro defensivo?.
       El hallarse precipitándose por la pendiente, ¿estimula espontáneamente a intentar elevarse por sobre tal pendiente?; ¿o la reacción está siendo la de agarrarse con las uñas buscando echarle el pie a alguna terraza llana para plantarse en ella, conservándose cuanto se pueda conservar?. Y entre tanto, cuando cortocircuíta el acicate esperanzador de “las oportunidades” para “el trabajador”, siendo devenida ya stravaganza y casi quimera la apetecida tradicional delicatessen de atravesar las puertas reservadas a los electi -del selecto club de la 1ª categoría laboral de las prebendas y los triunfos-, ¿esos modelos normativos humanos flaquean en su capacidad de convocatoria masiva a la lucha por preservarles en sus fuertes?.
       ¿O las cualidades que encarnan estos “trabajadores ideales y cubiertos de Gloria”, extrañas ya como el sol hiperbóreo, imantan a los secundones a librar lucha por su pervivencia, con tanto más atracción cuanto que el esclavo se enfurece contra los tiempos iconoclastas que le arrebatan su icono, su esperanza, la encarnación humana de “su derecho a progresar”, al tiempo que ellos mismos saben que, si se osa tocar a los trabajadores blindados, eso significa que mucho más van a caer ellos rodando de cabeza?. “La religión es el suspiro de la criatura en pena. […] El corazón de un mundo sin corazón” (Marx en: Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel).     
       El modelo alusivo a cómo unas direcciones, cúpulas, cuadros, enlaces... “sobornados” maniobran por la integración proletaria en el sistema, olvida la cuestión de la integración real de parcialidades proletarias en posiciones materiales provistas por ese sistema; colchón o “tierra de nadie” en la estructura social así susceptible de ser colonizada inmediatamente a posteriori por la lógica del campo capitalista, al menos mientras esta lógica continúa pudiendo re-afirmar esta existencia. O incluso prolongándose más allá de haber el Capital desencadenado incoherencia (por su propio desarrollo), en un fenómeno análogo al que nos brindan esas lagartijas de dos cerebros, que continúan vivas y coleando acéfalas no importa si han sido decapitadas por un niño travieso. Cerebro ideológico autónomo, sobreviviente al desfase adaptativo y provisor real que el Modo de Producción ya presenta en anchos espacios nacionales del mundo capitalista.
       
       2. i. Concentración imperialista de la propiedad sobre capitales, disparidad entre valores monetarios y mengua del valor de la Fuerza de Trabajo bajo los países opresores (o incremento de la plusvalía relativa). Desviación de porciones de ésta en la configuración de un “plus-salario”
       La exportación imperialista de capitales fue concentrándose en industrializar la tierra, aportando “racionalización” a ésta: nuevas técnicas y procesos, instalación de aparataje de siembra, “unificación” de los espacios de cultivo, “socialización” de una labor campesina antes atomizada en cada micro-mundo parcelario, introducción de una división orgánica del trabajo, etc. Coetáneamente hallamos una concentración de la inversión en capitales pesados, con cuya aplicación extraer, “drenar” de geografías y de países, Factores de Producción colocables en la industria de medios y “bienes”. Hallamos, a su vez, una incipiente destinación de capitales físicos hacia la construcción industrial de base, y hacia el despliegue de redes de transporte y comunicación por donde poner a rodar la proletarización y el saqueo.
       Pero paralelamente asistimos ya desde el principio a una instalación de tramos de producción global, empezándose sobre todo con medios y con procederes pre-capitalistas (caso de los telares en India: “Dominación formal del Capital” en Marx) y con tendencia a exportar métodos industriales y maquinaria, apertura de instalaciones... (“Dominación real del Capital” en Marx).
       Esta segunda línea de “dislocación” de capitales excedentarios en procesos productivos cada vez más “troceados” y al tiempo sirviendo a un “reciclaje funcional” de capitales en nuevos procesos, en nuevos valores de uso buscando combatir así su propia saturación orgánica, no podía más que ir irradiando e intensificándose con “el tiempo” (con el sucederse de los Ciclos de acumulación capitalista), puesto que, al estar en su base contradictoria estimulante (y limitativa) el menor crecimiento marginal por unidad de Valor adicional invertida, el antídoto se busca en sembrar más proletarización, en obtener mayor masa de plusvalía, en abrir nuevos terrenos productivos, en acelerar la descomposición de procesos y la desconcentración de capitales espacial y procesual: giro de tuerca, en fin, a la inversión en Capital Constante y por ende a la saturación.
       ¿Qué significa, trasladada al nivel de la plusvalía relativa, esta línea evolutiva del Modo de Producción?. ¿Cómo se traduce en el afloramiento de posiciones objetivas contradictorias en la estructura clasista del proletariado internacional?. El proceso es el siguiente:
       Esta territorialización de dinámicas y de operaciones, que corre de la mano de la expropiación, abre un abismo entre, por un lado, ubicación de los capitales operativos (o circulantes) y, por otro, ubicación de la propiedad; brecha que se ensancha y continúa ensanchándose en correlación al proceso de creciente concentración en la titularidad real de capitales. En el plano de los estándares de Valor, esto se traduce como: divorcio colosal entre el PIB de los países oprimidos y su Producto Nacional real (participación real nacional en el pastel de las plusvalías, en los gastos de inversión y en los gastos de mantenimiento rentabilizable). Como el dinero solamente representa alrededor del Valor real de propiedad sobre el PIB total, se trata de países cuyas monedas atesoran escaso valor relativo en sus correspondencias con “monedas fuertes”, y, por su parte, la jerarquía política de ordenación inherente a la Cadena imperialista y a sus “organismos y fondos internacionales”, interviniendo en definir las paridades en los mercados monetarios, es copiosa lluvia sobre mojado.
       La consecuencia es un panorama internacional de “especialización por exportaciones” donde a las burguesías imperialistas les resulta barato (re)producir en condiciones a la Fuerza de Trabajo del imperialismo, puesto que el Valor de la Fuerza de Trabajo no es otro que la suma de las mercancías necesarias a su sustentación hábil para el trabajo. En otras palabras: la porción salarial sobre la jornada laboral total es muy breve, ya que a estas burguesías les cuesta poco tiempo extraer de la Fuerza de Trabajo un Valor igual a sí misma, medida en concepto de mercancías socialmente necesarias (alimento, textil, salud relativa pero de funcionalidad laboral suficiente, vacaciones...).
Se advertirá que, entonces, el proletariado bajo los países imperialistas está objetivamente muy explotado: el segmento temporal de plustrabajo es muy largo, así que la Tasa de explotación tiende a ser cuantiosa. Pero esta relación internacional -caracterizada por la disparidad entre valores importados y exportados (entre índices de producción y propiedad real sobre capitales y mercancías)- es precisamente la que permite, en una paradoja, pagar una especie de “plus-salario” a esa Fuerza de Trabajo cuyo Valor estrictu sensu ha podido ir deviniendo extraordinariamente abaratado por la producción imperialista (desarrollo histórico de la plusvalía relativa). Este proletariado concreto, cuya participación en dinámicas colectivas de valorización da unas plusvalías colosales de conjunto (siendo los procesos productivos capitalistas producción hecha social), está explotado (y mucho, matemáticamente), NO PUDIENDO SER CONFUNDIDO CON LA “ARISTOCRACIA” OBRERA. Y, sin embargo, ingresa un sobre-salario (por encima de su valor; no del plusvalor que genera directa o indirectamente) que le adscribe a ser retaguardia del reformismo y de la “Aristocracia” obrera. ¿Por una cuestión de falsa consciencia?: no fundamentalmente. La propia “Aristocracia” obrera, con consciencia de sí, ha sabido nutrir, cuidar y cultivar a sus rebaños. Y eso lo ha podido hacer con mayor o menor holgura, eso sí, según la posición ocupada por uno u otro país en la Cadena imperialista, y así también obtiene la cosecha de dispar cohesión obrera si comparamos, por ejemplo, a Suecia y su flamante “socialismo sueco” con España.
       La “vida” de esas capas proletarias colindantes con la “Aristocracia” obrera ha sido durante más de un siglo abastecida y diseñada materialmente. Al tiempo que el reflejo mecánico inmediato de esa cotidianeidad sobre la conciencia, iba propiciando que, estando cubiertos los parámetros pre-fijados, ese “estilo existencial” donde lo que aparecía fenoménicamente por “satisfactorio”, coincidía con lo que era posible satisfacer, se auto-loaba exultante como “calidad de vida”.
       “Paralelamente” a este último proceso, podría emprenderse una interesante y fructuosa sociología de cómo el brazo sindical en el trípode del Neo-corporativismo ha ido concretando en “Compromisos sociales”, “Acuerdos intersectoriales”, etc., el desgranamiento de porciones de plusvalías a invertir hacia abajo, en simétrico vuelco al trayecto permisivo anterior (de abajo arriba). Mientras con la mano derecha concilia este movimiento a “los intereses de conjunto”.
Es decir, velando por no hacer, esta re-distribución, disfuncional a la salud presupuestaria y crediticia de esa Totalidad capitalista de la que en el fondo depende su propia financiación institucional-representativa. Así como la de la “Aristocracia” obrera por ellos representada. Y la destinada a  nutrir a su esponjosa retaguardia de obreritos cosificados en tanto que tales por sus necesidades auto-reconocidas y en el fondo también mecánicamente objetivadas como pieza de clase acompasada al artilugio sistémico capitalista (“La burguesía no ve en el proletario más que al obrero”, Marx).
Poderío empresarial de los sindicatos generador de empleos. Abuso y carga de sobre-trabajo a “compañeros” por parte de cuadros sindicales, enlaces, “liberados”... Oportunidades selectivas de “carrera interna” laboral repartidas según mayor o menor “filia” sindical. Oportunidades en activos de cotización sindical o directamente en filiales sindicales o en empresas de co-propiedad sindical. Co-participación bursátil.
Patrullado sindical sobre la plantilla de trabajo e iniciativa sindical directa en proceder a despidos que sirvan de “saneamiento” a la economía de empresa. Informes sindicales al despido exclusionistas de proletarios “disfuncionales” cuya vida extra-laboral (por ejemplo, participación en luchas no formateadas) “se revela incompatible” con su permanencia en la empresa.
Sectores de fuerte implantación propietaria sindical (como es el caso de la construcción con CC.OO y el pluri-empresario Toxo). Dualización contractual y de nuestra clase en base a manejo sindical selectivo sobre Fuerza de Trabajo entrante (con sus inextricables caras de “protección” y de precariedad): por ejemplo, 60% de los asalariados españoles que no llegan ni a mileuristas versus más de 60.000 asalariados sólo en Catalunya quienes cobran un promedio de 400.000 euros anuales, u, otro ejemplo, el caso de la construcción, donde un contingente de obreros, capataces, suboficiales... (mejor pagados y de mayoría “autóctona”, aunque no todos) mandan sobre la división del trabajo en el tajo y se contraponen a otro contingente de precarios (de mayoría migrante, aunque no todos) sobre quienes hay descarga de plustrabajo mientras tienen que arreglárselas con 600 euros al mes. Definición negociada trilateral (Patronal- Gobierno-sindicatos) de marcos contractuales y así abastecimiento selectivo de sueldos aristobreros (pero también a franjas más allá) gracias a la concreción de las condiciones de explotación proletaria, etcéteras.
En fin, esa sociología a que me he referido, podría extenderse a cómo la “Aristocracia” obrera, a través de la labor hecha por los órganos de representación a su servicio (y que vehiculan sus intereses y contradicciones concretas dentro del bloque -o conjunción- general de clases dominantes), ha desplegado redes sociales para la re-conexión de franjas proletarias más o menos anchas con la “cohesión social”, y así el fomento de innegable cuotas de solidaridad orgánica sobre una base material probada y relativamente provisora, soporte por decenios del epifenómeno ideológico, que, no obstante, sobrevive en sí y por sí, suspendido en el aire, a la erosión de sus bases, tal y como los fantasmas del pasado siguen pesando como una pesadilla sobre el alma de los vivos.